domingo, 8 de mayo de 2016

Eclipse. Verano


Llegaste. Verano.
Seguimos. Otoño.
Terminamos. Invierno.
Ahora y siempre, primavera.

El sol preparó el escenario para su amante imposible. La luna entró en acción con gran pesadumbre, pues de nuevo terminaba un ciclo más en el que no pudo encontrarse con su amado.
Esa noche, la luna, triste y envidiosa, decidió jugar con aquellas personas a las que alumbraba. Ella no podía ser la única que sufriese el castigo de no poder disfrutar de la compañía de su amor y en ese momento, aprovechando el poco tiempo que tenía, fue cuando hizo que se vieran.

Dos jóvenes, en un pub, pasando una agradable noche de verano entre amigos, sin más preocupación que la de hacer que esa noche fuese un contínuo de risas, baile y alcohol. El reflejo de la luz sobre el pelo negro de ella en contraste con su piel, blanca como la nieve y sobre los ojos color miel de él fue suficiente para dejarlos embelesados.
La Luna sabía bien como jugar sus cartas, conocía sus habilidades perfectamente, al igual que conocía de antemano a los títeres de su obra de teatro.
Había visto, meses atrás, como cada noche ella se había dormido dejándo su almohada impreganda de lágrimas por una historia de amor que terminó. Ahora, ya superado todo, se dormía convencida de que no se dejaría engañar de nuevo por nada ni nadie.
A un par de manzanas de la habitación de la chica estaba él. El astro no había podido evitar fijarse en cómo pasaba cada noche frente al ordenador, absorto en su trabajo, para olvidar la desazón que le había dejado la última palabra de cinco letras que le dijo aquella amiga, con la que tanto tiempo había estado soñando.
Semanas después y hasta ahora, algunos fines de semana, pasaba las noches acompañado, jugando entre las sábanas a borrar con besos y caricias de otros labios, ese rechazo que se había quedado grabado en lo más hondo de su ser.
Ambos habían asumido un roll con el que afrontar la rutina diaria y pero no con el que ser felices definitivamente.

Él fue hacia donde estaba ella atraido por la luminosidad que parecía desprender.
Ella caminó hacia él atraida por la calidez y bondad que le inspiraba.
Ajenos los dos al destino que les esperaba.

- Hola guapa, ¿Qué te apetece beber? - preguntó él con su ensayada sonrisa seductora.
- Pues un whisky con limón - respondió ella mientras intentaba descifrar su enigmática mirada.
Llamó al camarero y pidió un whisky para ella y y otro para él.
- ¡Vaya! Vas fuerte, ¿Un día duro?
-  La verdad es que no. Es el cumpleaños de mi mejor amiga y hay que celebrarlo por todo lo alto. Al fin y al cabo, los amigos de verdad se lo merecen todo ¿no crees?
- ¡Por supuesto que sí! El que tiene un amigo tiene un tesoro.
- Eso dicen. ¿Cómo te llamas?
- Lorenzo, Loren para los amigos, pero tú me puedes llamar como mejor te parezca -dijo acercándose unos centímertros más a ella.- ¿Y tu nombre cuál es?
- En un libro, hace mucho, leí que los nombres tienen poder. Las palabras en sí son poderosas pero los nombres son muchísimo más.
- ¿Ah sí? -respondió sorprendido a la vez que intrigado - ¿Eso significa entonces que te he concedido sobre mí un poder desconocido? - preguntó con una entonación que daba a entender que se reía de aquello pero sin llegar a parecer grosero.
- Es posible. Deberías pensar mejor con quién te atreves a conversar - le respondió, dejando un lugar al misterio que ella tanto adoraba.
- Bueno, espero no haberme equivocado esta vez, señorita sin nombre. Supongo que no le vale el precio que he pagado por invitarla, en esta calurosa noche, para revelarme ese arma poderosa ¿Verdad?
- Verdad - dijo con un sonrisa satisfecha por haberlo atrapado en su juego.
- Entonces brindemos por volver a vernos en otra ocasión en la que yo pueda tener de nuevo la oportunidad de conocer su nombre.
- Así sea.

En el cielo, la luna resplandecía llena de orgullo y malicia.

(Continuará...)



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